En Santa Fe es habitual exponer las dificultades de la ciudad para evolucionar. Es común repetir y mortificarse respecto de las situaciones frustrantes que sufre su población, o hablar sobre las razones o las sinrazones de sus desventuras.
Los ítems negativos están muy expuestos en la calles, en los semáforos y en las estadísticas. Y acaso el rosario de lamentos provenga de una causa común, que casi no se discute: los santafesinos son presa de su incapacidad de superar el techo de ciudad administrativa, demasiado dependiente de los vaivenes salariales estatales y de la cambiante influencia -por ciclos activos y reactivos- de un flujo inversor que tiene como principal combustible a la productividad del sector agropecuario del centro y el norte de la provincia.>
Su sector de servicios y desarrollos industriales cuenta con ejemplos notables de progreso, con firmas que tienen incluso proyección nacional, pero estos casos no se han generalizado. Siguen en el plano de lo excepcional. Está claro que no han alcanzado para generar un perfil productivo fuerte, propio de una ciudad diferente, con más oportunidades.>
El contexto es difícil. Y la mejor manera de superarlo es comenzar por reconocerlo, mostrarlo y debatirlo, tal como -generalmente- ocurre con quienes piensan en la ciudad y su potencialidad.>
Haya o no elecciones en el corto plazo, siempre es necesario hablar estos temas. Pero también es necesario hacer notar que -pese a tantas desventajas y urgencias- han surgido nuevas voces que tienen como norte la defensa de intereses específicos, que no son económicos ni sectoriales, y que siempre se vinculan con una creciente demanda por una mayor calidad institucional, por la búsqueda de una más plena realización de los valores democráticos y por la promoción de una mayor participación en la vida política local -aunque bajo una forma no partidaria.>
Afortunadamente es nutrida la lista de grupos, asociaciones y entidades surgidas en Santa Fe (o como parte de iniciativas nacionales) que están preocupadas porque los santafesinos sean bastante más que electores. Las primeras, anteriores a la vida democrática iniciada en 1983, fueron las organizaciones de derechos humanos. Luego aparecieron grupos preocupados por el medio ambiente y otros que promueven una mayor conciencia ciudadana, y que alientan a los votantes a conocer desde las leyes electorales hasta el patrimonio y el perfil de los candidatos. éltimamente, ha surgido una asociación que procura señalar que es la corrupción uno de los problemas mayores a enfrentar. Y también, entidades que reclaman justicia frente a la responsabilidad que -según consideran- tuvo el Estado en las crisis hídricas, lo mismo que núcleos bajo los que se unen víctimas del delito frente al flagelo de la inseguridad.>
Es un signo social saludable que, además de las entidades preocupadas por la vida económica, haya otras que también se ocupen de ejercer o promover otros derechos de los ciudadanos.>