Cálido anochecer de jueves en una ciudad sin otoño. La vidriera combina abrigos de lana con livianas prendas. La gama de grises se entremezcla con púrpuras y algunos toques de azul. Tras apreciar esas ofertas, alguien ingresa al negocio y se encuentra con una conversación que alcanza el nivel de una pasional polémica. "Lo amo a Diego", "Esa gorda es una imbécil, yo no hubiera hecho lo que hizo", "Hoy se va uno y el lunes se sabe quien gana, ¿no?", "El lunes lo va a mirar todo el mundo, Tinelli no le puede ganar a Gran Hermano", "Yo soy como Mariela, frontal, quiero que gane ella", "A Sebastián no lo soporto, es medio histérico".
Inmersa en la efervescencia de las opiniones, la persona recién ingresada busca la mirada de la vendedora, quien envuelta aún en el cruce de sentidos conceptos y preocupaciones, atina a responder con afectuosa cordialidad -y no menos aceleramiento en sus palabras- "¿Qué buscabas, mi amor?, ya estoy con vos". Han pasado varios minutos, y por fin esta clienta logra responder el interrogante: "Remeras de mangas largas, de algodón".>
La concatenación de consideraciones acerca del reality, y específicamente sobre sus participantes, continúa sin pausa, mientras la elección de las remeras se debate entre un verde intenso y un gris pálido, entre el cuello redondo o el escote en V.>
Parece que nadie, o muy pocos, puede escapar del poder de la imagen. Expuestas sus vidas en la vidriera de la industria televisiva, los personajes del voyeurista éxito de la temporada son sujetos a la tentadora venta de sus conciencias. Y en el intercambio de la oferta y la demanda, los espectadores tampoco resisten la tentación. Una tentación que se iguala a las remeras de mangas largas, de algodón. Una verde y una gris, al final, fueron las que la clienta se llevó tras acotar que "Diego es el más coherente... Es un juego". Como el de la oferta y la demanda. Una síntesis que lejos de tranquilizar, alarma.>