Juliano Salierno
El 7 de octubre de 2007 un agente penitenciario resistió el ataque armado de al menos 8 miembros de la banda los Maraqueros, que perseguían a otro rufián que buscó auxilio en su casa. "Estaba con mi nietito en la puerta, cuando de repente apareció un sujeto herido de bala que me pidió ayuda. Traté de socorrerlo sin saber las consecuencias que iba a tener más tarde".
La historia la cuenta Luis Antonio Solís, un agente penitenciario de 50 años y en actividad, que defendió a tiros su integridad y la de los suyos una mañana de domingo. El hombre que le pidió ayuda había tenido un problema con Los Maraqueros, que cuando lo vieron hablando con Solís decidieron atacarlo. Se metieron en su casa, golpearon a su hijo y cuando le avisaron buscó su arma reglamentaria y replicó.
"Fue para defender mi vida", aseguró Solís desde el subsuelo de Tribunales, que es donde trabaja desde hace 15 años, custodiando presos que trasladan a la Alcaidía para tomarle declaración.
El saldo del enfrentamiento fue un delincuente muerto y dos heridos. Uno de ellos era Solís, que recibió un impacto de bala en cada pierna, otro en la pelvis y el último en el cuello. Ninguno de ellos afectó órganos vitales.
"Me rodearon 8 ó 9 personas que comenzaron a dispararme, por lo que procedí a defender mi vida", se justificó el penitenciario. Pero al ser tantos, lograron herirlo y derribarlo. Una vez en el suelo quisieron ejecutarlo con un disparo en el cuello, pero la bala no lo mató.
"En ese momento sentí que me iba, pero Dios me dijo: íQuedate, hoy no!", relata el hombre, que a pesar de tener 29 años de servicio nunca debió dispararle a nadie hasta entonces.
Producto de las heridas estuvo diez días en terapia intensiva; luego lo pasaron a una sala común y luego volvió a su casa. "Los médicos no podían entender cómo sobreviví a los disparos y la golpiza", recuerda.
Lo que más lamenta Solís fue haberse tenido que mudar. "Me indigna que mi vieja, que nació en barrio San Lorenzo, se haya tenido que ir porque era vecina de la banda de Los Maraqueros, famosa por abusarse de la gente indefensa".
"Mi familia también se tuvo que ir del barrio, porque somos honestos y trabajadores y tenemos mucho que perder", reflexionó el hombre. Por fortuna, recibió ayuda del Estado que le consiguió una vivienda donde mudarse, no así el caso de su madre que tuvo que correr con los gastos del cambio de domicilio.
Finalmente "el juez dictaminó legítima defensa, porque está comprobado que me agarraron a tiros entre 8 tipos y yo defendí mi vida solo", concluyó el sobreviviente, que actuó solo y en desventaja en un momento límite.
Lástima.
Un mes y medio después del ataque, cuando Solís ya estuvo repuesto, pidió volver a su trabajo de siempre. A los agresores de aquella vez "los he visto detenidos de nuevo acá, acusados de robo", dijo, haciendo referencia a la Alcaidía de Tribunales. Aunque aclara: "Nunca me acerqué a decirles nada, siento lástima por esas personas porque no aspiran a nada, no son nada y no tienen nada que perder. Viven el momento y están alejados de Dios y las buenas costumbres, de la vida de un trabajador".