Susana Rueda
Es un científico atípico. Oriundo de Villa Soldatti, rosarino por adopción, es el más reconocido del grupo de repatriados durante los florecientes años del kirchnerismo y uno de los referentes de Cristina Kirchner a la hora de mostrar los objetivos ambiciosos del modelo: un país donde valía la pena volver a apostar por la ciencia. Claudio dice que eso tuvo su precio, y a veces sigue recibiendo facturas.
Susana Rueda
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Claudio Fernández fue designado por el parlamento alemán como director del Instituto Max Planck de Rosario, uno de los dos que la prestigiosa sociedad con sede en Gotingen -conocida como la ciudad del saber- posee en Latinoamérica. Es bioquímico, y farmacéutico, y su prestigio mundial no le impidió nunca volver en colectivo a su casa después de reunirse con la ex presidenta y rechazar aportes económicos y choferes exclusivos, porque no quiere perder el hilo de su origen, su cable a tierra.
“Yo soy un hombre que muere con sus convicciones”, repite, y convence.
Entre sus convicciones está la del país federal, que necesita repartir conocimiento y descentralizar poder e instituciones del saber. Por eso recomendó a la Fundación la ciudad de Rosario para la construcción de este centro de prestigio internacional, que se erige en la ciudad universitaria.
—¿Qué es el Instituto Max Planck?
—Es uno de los pocos que tiene la sociedad Max Planck fuera de Alemania, donde hay 83 con subsidios de E 2500 millones haciendo investigación en distintos campos. Nosotros trabajamos fundamentalmente en el área de enfermedades neurodegenerativas, e intentamos estudiar y descubrir fármacos para prevenir o curar estas patologías que hoy tienen un tratamiento sintomático, como el Parkinson o el Alzheimer.
—¿Cual es el avance más notable logrado aquí a través de la investigación con la ayuda del resonador magnético, único en Argentina?
—Nuestro grupo en Alemania y luego instalado aquí fue el que determinó la estructura tridimensional de la proteína implicada en la enfermedad de Parkinson. Hoy el diagnóstico de la enfermedad, más allá de la manifestación clínica, se da fundamentalmente cuando uno observa la anatomía del cerebro de los enfermos: las lesiones contienen un 80 por ciento de proteína. Es la alfa-sinucleína, que es la causante de la enfermedad. Nosotros en el 2004, determinamos la estructura de la proteína en Alemania. Eso nos valió la proyección internacional, y luego desde aquí en el 2009 detectamos el talón de Aquiles del Parkinson, una zona clave para que la proteína produzca daño a nivel celular y termine aniquilando a la neurona que la produjo. Eso nos permitió trabajar en un esquema de descubrimiento de fármacos. Hoy junto con Alemania estamos trabajando aquí desde la parte química, biofísica y biológica, y en Alemania ya están trabajando con animales y en algunos casos con humanos, en fase uno y fase dos de la investigación, con una serie de compuestos. Tenemos la esperanza de que en unos años podamos entrar en una fase de producción.
—¿Podemos decir que desde aquí puede salir el germen de la cura de Parkinson?
—Lo podemos decir porque seriamente estamos trabajando en ese sentido. Y hay que decirlo con rigurosidad: esta estrategia de trabajo en Getting con la proteína alfa-sinoclouína comenzó a partir de nuestro descubrimiento, así que todo lo que se derive de eso tiene que ver con nuestro primer paso, el que dieron nuestros argentinos trabajando en Alemania y que hoy están trabajando en Rosario.
—Esto apunta a la cura de enfermos en el marco de dramas familiares, de personas que sufren. ¿Cómo manejan esas expectativas?
—Siendo muy claros, muy rigurosos científicamente y hablando con la gente que padece la enfermedad. Yo no soy un médico que prescribe la medicación pero sí un científico que tiene la obligación de ver para quién trabaja, y de escucharlos. Hoy la expectativa de vida del ser humano es de 85 años, estas enfermedades se desarrollan a partir de los 60, y son consideradas las epidemias del futuro por la OMS. El 2 por ciento de la población de 65 años en los EEUU tiene Alzheimer o Parkinson. Así que la expectativa se maneja siendo muy claros: hemos avanzado significativamente en la última década, nos falta ese puntapié final, que puede tener 10 o 15 años. Pero la gente viene al Instituto y hay que escucharlos.
—¿Cómo trabaja el resonador?
—Rosario tiene que tener el orgullo de que el primer equipo de resonancia magnética nuclear de alta resolución que entró a la Argentina se localizó acá. Es el más potente y con mayor tecnología que tiene el país. Nos permite identificar a un agente que está implicado en una enfermedad, como una proteína o una molécula, y este es el paso más importante para desarrollar una droga o un fármaco que la ataque y que impida que ejerza ese daño a nivel celular: conocer cómo es la estructura tridimensional, describirla a nivel atómico. Entonces avanzamos sobre el talón de Aquiles de esta molécula. Y diseñamos fármacos para que específica y selectivamente se dirijan hacia esa zona de la molécula. Ahora le sumamos la criosonda, que aumenta e la sensibilidad 15 veces con respecto a otros equipos que hay en el país. Los experimentos que antes realizábamos en 1 hora y media ahora lo hacemos en 45 segundos.
Provocar cercanía
Uno de los objetivos de la dirección del Max Planck de Rosario es provocar cercanía entre la ciencia y la gente. En este marco surgieron los proyectos de País Ciencia, recorriendo la Argentina con charlas, ferias y seminarios, y Viví Ciencia, Preguntá Ciencia, que trabaja con escuelas secundarias de toda la provincia.
La primera plataforma de comunicación pública de la ciencia reconocida por el Conicet, el Ministerio de Educación de la nación y las distintas universidades está acá. Desde aquí intentamos acercar la ciencia a los estudiantes, no porque pretendamos que todos tengan que ser científicos, pero sí para generar ese pensamiento crítico tan necesario, y darle a esos pibes igualdad de oportunidades. En esta fase las escuelas vienen a visitar el Instituto Max Planck de Rosario.
Porque después de saber qué es un científico, qué es lo que hace, por qué lo que hace un científico es importante para la sociedad, la pregunta que nos empiezan a hacer es cómo y dónde trabaja y qué es el método científico.
Entonces los estudiantes vienen y trabajan en el área de la química y biofísica. Son los protagonistas, entran a las cámaras de biología celular, hacen resonancia magnética, utilizan el instrumental, aplican el método científico a partir del cual con una estrategia experimental llegan a una serie de resultados. Es decir, vienen a trabajar como científicos bajo nuestra supervisión.
Presupuesto y creatividad
—¿Quién paga los sueldos de los investigadores del Instituto?
—El 98 por ciento de los investigadores científicos en Argentina trabajan en instituciones estatales: universidades, o institutos del Conicet. A nosotros nos paga el estado. Por eso les digo a los chicos que vengan, que esto es de ellos. No lo digo como una cuestión demagógica, lo hago. Antes era complicadísimo hacer entrar a los estudiantes a los institutos del Conicet. Hoy lo hacemos, y trabajan con tecnología de 1 millón y medio de euros. Son 120 estudiantes por mes. A nosotros nos paga los sueldos la gente y la mayoría estudiamos en universidades públicas, entonces tenemos la obligación de devolver. En mi vida pensé que iba a ser un director del Instituto Max Planck. Aquí hay dos opciones: o trato de alimentar mi ego y querer ser el mejor científico de Latinoamérica o empiezo a devolver. Y yo quiero devolver.
—¿Cómo están de presupuesto?
—Hay que ser creativo en Argentina para hacer ciencia del más alto nivel internacional. Y hay que vivir golpeando puertas. Al devaluar el peso como se devaluó se nos complica porque trabajamos con reactivos químicos y de biología celular que salen miles de euros, así que más allá de nuestro sueldo, que se devaluó como todos, nosotros tenemos ese tipo de problemas. Desde ese punto de vista, los subsidios que se siguen dando están devaluados.
Fernández no quiere hablar de recortes, elige cuidadosamente las palabras para no generar rispideces con esas puertas que tiene que tocar frecuentemente para seguir haciendo. “La gestión actual no habla de recortes, sino de un proceso de reorganización, Uno trata de apoyar al sistema científico y hay que ser creativos. Fijate que estamos saliendo con el proyecto de desarrollo tecnológico para las escuelas secundarias en agosto, y le vamos a brindar a las escuelas proyectos que nosotros estamos financiando en un contexto de devaluación.”
—¿Te tocó poner plata de tu bolsillo?
—Un montón de veces, y lo sigo haciendo.
—Volviste repatriado de Alemania. ¿Te arrepentiste?
—Lo que se repatrió fue mi trabajo científico. El que tomó la decisión de repatriarse y no aceptar un centavo por esto fui yo. Había un sistema de repatriaciones con reconocimiento económico, pero renuncié a eso porque soy un producto genuino de la sociedad argentina.
—¿Por qué ese chico de Villa Soldati eligió ser científico?
—Porque la única herramienta que yo tenía para nivelarme era la educación. La otra era el fútbol. De ahí salió Romagnoli, de ahí salió Mohamed, un montón de jugadores, y a nosotros hace 45 años se nos inculcaba que la salida era el fútbol.
—¿Y tu viejo te llevaba a fútbol y tu mamá te compraba libros?
—Mi papá me llevó a jugar al fútbol y tuvo la suerte de que yo lo hacía bastante bien. Pero yo me quedé con lo más directo y lo más noble que es lo que me ofreció mi vieja. ‘Mirá, nosotros somos una familia humilde, tu papá es fletero, yo soy ama de casa, y el conocimiento es la única herramienta que te va a permitir nivelarte’. Y tenía razón. Por eso devuelvo. Fue la universidad pública a través de la cual tengo la posibilidad de viajar, de codearme con gente interesante, de generar conocimiento en otras esferas y ahora toda esa historia personal es la que me permite devolver. Porque es muy importante tener esta cosita de la sensibilidad social, que no se explica ni la aprendes en ningún lado. Yo tengo guardado y siento abrazos de pibes en Salta, en Corrientes, en Ushuaia. Te dicen, ‘Che, van a volver no, con esto del conocimiento?’ No son abrazos de gracias, son abrazos de que te esperan. Esas cosas son muy fuertes. Yo estoy en una instancia en la que uno puede devolver a largo plazo descubriendo un fármaco, probablemente no lo vea, pero uno tiene la obligación de no quedarse en el camino, de empezar a devolver a corto y a mediano plazo. Y esto que hacemos con los estudiantes, de decirles que con el conocimiento se pueden nivelar, no es una cosa demagógica: hoy lo que distingue a un país rico de un país pobre es la cantidad y la calidad de conocimiento que ha generado. Lo que estamos haciendo con los estudiantes es abrirle la puertita. Y mostrarle que ellos también pueden.
—Hubo una oferta para ser ministro si Scioli ganaba en el 2015. ¿Por qué no aceptaste?
—Porque primero tengo que terminar lo que empecé, y es el instituto Max Planck de Rosario. A veces me dicen "Vos sos porteño". Mi DNI dice que nací en Buenos Aires, pero yo decidí ser rosarino por adopción. Tengo un compromiso muy fuerte con esta ciudad y con esta provincia porque nada de lo que yo hice acá lo hubiera podido hacer en otro lugar. Por el apoyo de la gente. En muchos casos me ha jugado en contra, porque lo que hice en 6 años otros nativos no lo hicieron en 30. Pero yo envejecí 20 años en esos 6 de trabajo. Dejé a mi familia de lado 6 años. Entonces no puedo fallarle a la gente. Tengo que cumplirle a Rosario y hacer funcionar éste, que es el segundo enclave más importante de la sociedad Max Planck en Latinoamércia. Tengo que lograr que la gente lo conozca, y que produzca ciencia de la más alta calidad.