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Mariana Komiseroff

La máscara está en el cuerpo

La narradora radicada en La Pampa publicó su quinto libro, “La enfermedad de la noche”, a través de Random House. “Creo que es la novela que me deja más expuesta”, analizó en diálogo con El Litoral.

La máscara está en el cuerpoLa máscara está en el cuerpo

Martes 19.9.2023
 16:46
 / 
Actualizado al Miércoles 20.9.2023 12:40hs
Leonardo Pez
Leonardo Pez

Mariana Komiseroff es una escritora argentina nacida en Don Torcuato y radicada en Toay (La Pampa). Este año, Random House publicó su novela “La enfermedad de la noche”, elogiada por autores de la talla de Martín Kohan, Claudia Piñeiro y Gabriela Cabezón Cámara. La tapa del libro es la cúpula del Congreso, lugar donde trabajaba mientras estaba escribiendo la obra. “Mi jefe me decía: a vos que te gusta escribir, hoy hacé el libro de actas. Esa cosa de castiguito. Hay cierto miedo al escritor o escritora que no se tiene a otro tipo de artistas”, examina la autora del libro, en un diálogo con El Litoral que recorrió distintas problemáticas. Y abre un portal con un interrogante voraz: “¿Por qué pensamos la literatura con un poder mayor al que tiene?”.

Rarísimas

Originalmente, se iba a llamar “Gente que no sabe dormir”, en honor a uno de los capítulos finales. Enroque mediante, el título del libro terminó siendo “La enfermedad de la noche” y los insomnes fueron homenajeados en la columna que Kumy -como se autodenomina en la ventana de Zoom- hará minutos más tarde en Radio Kermés. Una de las últimas, le recuerdo, trató el boom de la literatura coreana, situación que relevó como librera en el proyecto de vida junto a su compañera Pilmaiquén de la Cruz, Tinta y Tiempo.

Mariana fue a La Pampa en pandemia. Se casó. Volvió a Buenos Aires. Salió mal. El 1º de marzo regresó con la idea de (re)instalarse. En octubre de 2022 abrió junto a Pil la librería bautizada con el nombre del disco de Jorge Drexler. Es la única librería del pueblo. “En Toay nació Olga Orozco, pero librerías hay en Santa Rosa. Pasan cosas rarísimas. Una persona, de vacaciones en Mendoza, vino a comprarle a su hija libros coreanos. Llegan artistas al Museo de Bellas Artes de Santa Rosa y el paso obligado es la librería”.

Lo que queda

El Día del Trabajador se materializó como libro “La enfermedad de la noche”. En la presentación, la poeta y periodista Gabriela Borrelli Azara puso de relieve “lo laboral” como una de las dimensiones que parpadean en la narrativa de Komiseroff. Trabajo público. Nocturno. En Seguridad. Siendo mujer. “A veces, no nos queda otra que trabajar en esos trabajos”, reflexiona Mariana. “Cuando me doy cuenta de que estoy enajenada, me pongo a escribir”.

Hace un tiempo, su terapeuta le preguntó. “¿Vivís experiencias para después contarlas?”. Kumy respondió que no. “Pero tengo mucha conciencia de que eso va a ser escrito. Por más trabajo que haga, siempre tengo una ventana abierta que está pendiente de la escritura”.

-¿Un mecanismo de supervivencia?

-Y otra forma de entendimiento. Cuando todo pasa por el tamiz del lenguaje y del mecanismo de la escritura, el libro es lo que queda de ese filtro.

Probablemente, mis ex compañeros de trabajo narren esa experiencia de otra forma. Yo pienso mucho en la memoria como la primera manera de construir ficción. Cuando uno recuerda, edita de acuerdo a su psiquis o a su inconsciente, y ese recorte es una ficción. La segunda manera es la escritura de esos acontecimientos. Entonces, cuando llega al libro, por supuesto que es ficción porque ya tuvo muchos filtros antes.

Ni buenos ni malos

A Komiseroff le gusta estudiar, pero sus personajes no son estudiosos. Trabajó para ello, porque en sus anteriores expediciones literarias le devolvían algo recurrente: tus personajes están sobreintelectualizados. “Yo les discutía a mis maestros. Les decía que soy una villera que piensa y habla así. Reflexioné, filtraba y volvía a escribir. En esta novela dije: ‘Se van a cagar’. Es un lugar común pensar que una piba que trabaja en Seguridad a la noche no puede leer las cosas que lee o no puede saber de teatro”, justifica.

Con su novela anterior (“Una nena muy blanca”, 2019), sentía fuerte la pregunta: ¿es una novela feminista? “Pongámosle que yo soy feminista”, se responde a sí misma, “pero a mis personajes no les cabe el feminismo porque nacieron en una época donde no tenían posibilidad de ser feministas, al menos por marco teórico. Aunque algunas de sus acciones sean feministas”. En el caso de “La enfermedad de la noche”, cuenta, “son personajes que no van a terapia porque es un tema muy clase media. Cuidar la salud mental también es una cuestión de clase... lamentablemente”.

-Los personajes que construís no son absolutamente malos ni buenos.

-Es algo que tengo muy presente a la hora de escribir. No te podés ir al carajo con la maldad o la perversidad de este. O si te vas al carajo, ¿cómo lo vas a compensar? Yo ya sabía lo que iba a hacer Diego. No sabía cómo se llamaba o si era delegado, pero sí sabía que iba a haber un chabón que llevara un niño al trabajo. ¿Qué tengo que hacer? Tengo que hacer que la gente lo quiera. Y que la narradora lo quiera. Porque, en un punto, es una estrategia de militancia cuando las feministas decimos “es tu papá, es tu hermano”. Siempre pensamos que no nos puede tocar a nosotras, que no son los varones que nosotras queremos. Y sí. Los varones que queremos son los que tenemos que poner en cuestión. Es una estrategia narrativa consciente y trabajo mucho para eso, con mis propias contradicciones. Yo tenía que querer a ese personaje sabiendo cómo iba a terminar la novela.

-De algún modo, te traiciona también a vos...

-Sí. Lo mismo que Chávez, un personaje que a mí me angustia bastante. Sobre todo, algunas escenas. Yo dije: “Este chabón tiene que venir a hacer algo muy bueno, para compensar esto otro”. Es un poco como somos en la vida.

“Por más trabajo que haga, siempre tengo una ventana abierta que está pendiente de la escritura”. Foto: Gentileza Random House

Más expuesta

“La enfermedad de la noche” recibe a los lectores con tres citas (Sontag, Vera Giaconi, Lemebel). Antes se lee: A Maximiliano Komiseroff, por la valentía. La historia de Maxi se va filtrando en la de Gabriel, hermano de la protagonista. “No tenía otra dedicatoria posible con todo lo que eso implica”, comenta Mariana. Igualmente, aclara: ”Yo siento que es más para mí que para él”.

Escribir no siempre sana. O no sólo sana. Por eso, ante la pregunta de cómo quedó luego de la estocada final del texto, del final del camino, mira la pantalla, y elige una k-word: destruida.

Mariana se deprimió. Cuestiones personales que se resumen en: trabajo, enfermedad de su hermano. Para colmo, la pandemia. “Estuve un año y medio sin poder escribir, y a la novela le faltaban dos páginas. Yo tengo una relación física con la escritura. Cuando termino de escribir un libro, más allá de que después le falte corrección, siento algo en el cuerpo. Eso no me había pasado. Era la primera vez que me pasaba lo de la página en blanco”.

Pero hay otro matiz en el después. “Creo que es la novela que me deja más expuesta. Es duro, sobre todo ahora que empiezan las lecturas y devoluciones que se me escaparon. Cuando salen mis libros, en el momento que me llegan, los leo y no los vuelvo a leer más (salvo que tenga que leer algún capítulo en público). Todavía no pude leerlo”.

Oído vivo

La intertextualidad no toma forma únicamente a modo de epígrafe. Si la obra puede leerse como un CDR de principios de los 2000 -según este servidor-, es por dos razones: la consistencia pop de cada título y las referencias (citas y alusiones) a piezas musicales del universo simbólico llamado cultura rock.

La protagonista sin nombre toma prestado el manifiesto juguetón de Sofía Viola (“Quiero ser tu perro”), pero tiene claro que “ningún artefacto es visionario” (Cerati). Hay algo en el modo de acomodar las piezas que se parece bastante al pensamiento. Adrián Dárgelos emerge como interlocutor (musical) válido de una personaja -como dice Mariana- efusiva en los recitales de Babasónicos. DJ del sentido, la narradora elabora un textil con fragmentos de “Un pálpito”, “Pendejo” y “Deléctrico” (¿quizá “Ingrediente”?). Pero la intensidad de la luz sobre cada fragmento varía. En el caso del hit de “Jessico”, incluso titula un apartado del libro (“¿Qué parte del ‘no’ no entendés?”), visibilizando que “no” y “nunca” pisan fuerte a lo largo de la obra.

“Tengo el oído muerto para la música”, apunta Kumy. Da la impresión de todo lo contrario. Porque lee la atmósfera pesada y vital, y engrasa sus ejes, para que tenga un movimiento rítmico y recordable. Como los latidos del corazón.

Memoria corporal

Navegando en la historia, se encuentra otra marca sobre el recuerdo. Lo compara con “una obra experimental de teatro ruso a fines del siglo XIX” (2023:63). Aparece, por allí, mencionado el director teatral e impulsor de la biomecánica teatral, Vsévolod Meyerhold. Gabriel, hermano de la protagonista, es comparado en una escena con una máscara suelta. La encargada de traficar influencias artistas (MK), se formó en el Teatro Físico con Marcelo Savignone. Se acuerda de unas estrategias de actuación. Con la misma intensidad, los enamorados se aman y se odian. Y eso tiene que cambiar radicalmente en segundos. Una impro. “Cuando uno de los intérpretes dice ‘no’, se anula la posibilidad de que la narración siga creciendo. Yo me robé eso para mi literatura. Cuando un personaje dice ‘no’, tiene que terminar el capítulo. La narración crece cuando el personaje acepta”.

Lo que sigue es una clase intensiva de teatro de máscaras. Mariana cuenta que su preferida es el bufón. “Es el despertar sexual, la oscuridad. La máscara no está en la cara. El rostro queda descubierto, lo que se deforma es el cuerpo. Se ponen cosas en el cuerpo y en la cabeza. Luego se quita todo, se estiliza. Pero queda una memoria corporal que te hace actuar y hablar de una determinada manera durante el tiempo que construiste el personaje”.

Pienso en Jorge. ¿Será el bufón de la novela? “Una vez que nace el bufón, los actores y actrices empiezan a insultar su nombre”. Sí, es Jorge. Definitivamente. “El nombre es puesto como un imperativo coercitivo, como en la vida, pero el bufón lo lleva al extremo. A mí me ha tocado tener nombres como Vulva Tirabomba o Mariquita Torta. Y en la escena se utilizan textos de personajes nefastos encarnados por ese cuerpo. Yo, por ejemplo, he hecho un monólogo de Videla: ‘Ni vivos ni muertos, desaparecidos’. Vestida con una chaqueta de gala de policía que pedí prestada en el trabajo. Te pone en un lugar de oscuridad total”.

Quebrada

La publicación inmediatamente previa a “La enfermedad de la noche” es “Györ. Cronograma de una ausencia” (2022, Patronus). Es el único libro de poemas de Komiseroff, al momento. Su motor fue la partida de su hijo de 23 años a Hungría, luego de obtener una beca. “Soy narradora, principalmente novelista. Lo que escribo convive conmigo mucho tiempo. Como la narradora de la novela, la poesía siempre me pareció un género menor. Pero cuando mi hijo se va, se me quebró el lenguaje. Durante ese tiempo sólo, pude escribir en versos y puse en pausa la escritura de una novela”.

Vuelvo a la página 139. “A nosotros no nos salían las muertes definitivas, pero qué bien nos salían las muertes de a pedazos”. En pantalla, Mariana estira la mano para acariciar un gato del que no retuve el nombre. Sólo tengo espacio para recordar-editar que tiene una gata que se llama Rilka. Por el poeta, dice.

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