Las rutas de los milagros

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Parque Nacional Monte Leon, sobre la ruta 3.


Este es el relato de una travesía hecha a dedo, más de diez años atrás, por la Patagonia a lo largo de las rutas 3 y 40, con encuentros, redes de amistades y solidaridad en el camino. La autora volvió a viajar este año, esta vez en auto: más confort y menos riesgo, pero la misma fascinación por un paisaje inigualable.

 

TEXTO Y FOTOS. REGINA CANDEL MARTÍNEZ.

Saliendo de la provincia de Buenos Aires y entrando a Río Negro vi en la ruta a varias parejas de mochileros. Más tarde, en las calles grises y áridas de Río Gallegos, tuve un reencuentro con una de ellas: eran franceses. No me habían reconocido, por eso se mostraron extrañados cuando los empecé a saludar con alaridos argentinos desde el otro lado de la vereda.

Obviamente, días más tarde los volví a ver cuando entraban caminando al Parque Nacional Tierra del Fuego. Yo salía para despedirme de Ushuaia. Digo “obviamente” porque es así cómo funcionan las rutas 3 y 40. Están llenas de reencuentros con personas totalmente ajenas a una en el mundo de la rutina y de lo habitual; pero en el universo paralelo, ese que tiene como cielo el infinito y como tierra la banquina, estas mismas personas significan experiencias compartidas y son compinches de ruta.

Es así como los siete motoqueros fueron apareciendo y reapareciendo a lo largo del camino, preguntándome dónde estaba parando y hacia dónde me movía al otro día. Es así como Loic, un francés callado y tímido que había conocido en Ushuaia, aparecía saludando desde una camioneta cuando salía a dedo del Parque Nacional Los Glaciares; y reaparecía caminando por las calles del pequeño Chaltén... Y lean lo que sigue porque no lo van a poder creer. Antes de volver a mi ciudad pasé por Buenos Aires, donde visité a un amigo que había conocido dos años atrás en Praga. Cuando le estaba mostrando las fotos de Ushuaia, me mira sorprendido, señala a Loic y me comenta entre risas que había conocido al francés en Mongolia en uno de sus viajes. El mundo es en verdad muy chico y los encuentros no dejan de sorprender.

EN EL CHALTÉN

Llegar a El Chaltén desde Calafate no fue sencillo, pero salir fue una total odisea. Después de que el viento fuerte de la montaña me dejara sin carpa y que los precios me asustaran bastante, decidí -sin dudarlo- abandonar el pueblo.

El Chaltén parece un pueblito sacado de un cuento. Muy pocas casas, total contacto con la naturaleza y el Fitz Roy que te recibe ya en la ruta. Lamentablemente, el clima no acompañó mis ganas de pasar unos días en el lugar. Para salir, queridos mochileros, recomiendo hacer una previa investigación de los camiones que entran y salen. El tránsito es prácticamente nulo. Así fue como convencí a un camionero para que me llevara hasta Calafate ¡Pero no estaba sola! Éramos 10 mochileros a la espera de la salvación. Entre ellos, había dos chicas de Mar del Plata a quienes conocía (y seguimos con los encuentros milagrosos). Fue así como simil-ganado pudimos salir de El Chaltén con la esperanza de volver y que, en la próxima, el clima no nos asuste.

OTRO REENCUENTRO

Comodoro Rivadavia me recibió cansada, sucia y hambrienta. Habían sido tres días de esperar camiones, hacer tiempo en estaciones de servicio, comer poco. Y, bueno, hasta una dama en esta situación aguanta una uña rota y el pelo desastroso.

Una tarde, mientras estaba caminando por las calles del centro, me sorprendió la presencia de una mochila conocida: ¡Tomás! -grité alegre. Había conocido a Tomás dos meses antes en un encuentro de mochileros y, aunque sabía que iba a estar dando vueltas por la Patagonia, no esperaba encontrarlo. Una vez más fue un milagro, de esos que ocurren en la ruta, donde una aprende que las distancias son en realidad relativas, donde el tiempo y el espacio cambian sus dimensiones.

REGRESO EN CAMIÓN

Mi viaje concluyó en El Bolsón, donde pasé seis días. El día en que decidí irme del lugar, me asusté cuando en la ruta ví alrededor de diez parejas de mochileros tratando de conseguir quién los llevara hacia Bariloche. Yo, que estaba sola, me acerqué a un camionero que estaba a punto de encender motores. David no tuvo ningún problema en sacarme de El Bolsón, pero me previno sobre el hecho de que íbamos a estar viajando cerca de cuatro días antes de llegar a Buenos Aires.

Esa mañana me dieron el título de camionera amateur y acompañé a David hasta el final, pasando por Esquel, Bariloche, Chipoletti y otros pueblitos más. La ruta me permitió recrearme y jugar por unos días dentro de otra realidad, en la cual pude compartir un buen asado junto a otros camioneros y disfrutar de los mejores amaneceres desde el camión y en el medio de la nada.

Siempre quedan lugares que descubrir en nuestro extenso sur. Hay muchísimas tierras vírgenes por explorar todavía; es por eso que siempre hay una buena excusa para volver. ¡Tanto es lo que te da la ruta! Experiencias sorprendentes, personas interesantes, reencuentros inesperados. Y me pregunto: ¿Qué, sino estas uniones milagrosas de almas callejeras, hace que la vida misma tenga sentido?

* * *

Escribí este texto después de un viaje a dedo por la Patagonia, Argentina, en el año 2004. Esa Patagonia ya lejana, cuando la entrada a El Chaltén era aún de tierra y el pueblo sólo tenía 200 habitantes. Este febrero del 2015 volví a recorrer las rutas 40 y 3, esta vez en auto. Sea como sea que uno se mueva por esas tierras encantadas, no deja de sorprender, de maravillar, de provocar sueños de posibles vidas pasadas o presentes.

La vida me ha enseñado que lo único que vale la pena es sentirse viva, sentir pasión por algo. Y sólo con el movimiento y los cambios esto es posible. La vida es corta. Hay que animarse a saltar aunque la pileta esté vacía. Para muchos salir de viaje provoca miedos a lo nuevo, a lo desconocido. A mí, después de 14 años viajando, me sigue costando desengancharme de estos temores, pero viaje a viaje me voy soltando. Y sigo aprendiendo.

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Parque Nacional Perito Moreno, sobre la ruta 40.

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