Por Agustín Botteron (*)
No volveremos a vivir como antes, y hoy mismo deberíamos empezar a prepararnos para una nueva normalidad pos pandemia.
Por Agustín Botteron (*)
La pandemia del coronavirus COVID-19 puso en crisis a nuestra sociedad y la forma de vida habitual. Los expertos aseguran que el distanciamiento social es la mejor y única alternativa para evitar la propagación del virus, ya que aún no existe una vacuna. Los sistemas de gobierno, la economía y las relaciones humanas se vieron sacudidas, y la población está esperando que todo esto termine para volver a la normalidad. Sin embargo, no volveremos a vivir como antes, y hoy mismo deberíamos empezar a prepararnos para una nueva normalidad pos pandemia.
La pandemia puso en crisis a nuestra cotidianeidad. La implementación de las medidas de distanciamiento social y de mecanismos de control para asegurar su cumplimiento ha desencadenado una serie de políticas públicas y acciones personales y colectivas que ponen en evidencia particularidades de nuestra sociedad, de nuestro sistema de gobierno y de nuestra economía en general que deben ser replanteadas. Este replanteo es necesario, tanto para prepararnos para la próxima emergencia que se nos presente, sea una crisis sanitaria global o cualquier otro evento de menor escala, como para cuando volvamos a la normalidad luego de que esta pandemia termine, algo que podría tardar semanas o meses.
La pandemia ha golpeado de diversas maneras en nuestras ciudades, dejando sectores económicos paralizados y lazos sociales cortados. Por un lado, cientos de eventos han sido postergados, como mega festivales, ferias, encuentros deportivos y fiestas privadas. Por otro lado, la economía está casi paralizada, con algunos sectores esenciales funcionando con horarios reducidos; otros, en pleno aprendizaje de la modalidad online; otros más robustos, aguantando y viviendo de reservas financieras; y un cuarto grupo, el de la economía informal o parcialmente formal, que está parado o funciona con cierto grado de ilegalidad y desprotección, mayormente en las zonas periféricas de las ciudades donde son menos visibles a las autoridades. La disyuntiva es clara, tanto a nivel de gobierno como a nivel empresarial, e incluso, intrafamiliar: salud versus economía, la posibilidad, remota o no, de contraer una enfermedad versus la necesidad de llegar a fin de mes.
Nadie sabe exactamente qué vendrá, cómo será la vida en un mes, seis meses o un año. Todos están esperando ‘que todo esto pase’ para volver a la normalidad. Sin embargo, debemos aceptar que no volveremos a vivir igual que antes. Es más, no deberíamos permitirnos vivir igual que antes, porque si ese fuera el caso, significaría que no hemos aprendido nada de esta pandemia que ha paralizado al mundo entero. La emergencia pasará y lentamente iremos volviendo a nuestras actividades más habituales y retomando nuestros compromisos, siguiendo las recomendaciones de los expertos. Como dijo un experto de la salud en los últimos días, ‘se irán abriendo grifos’, haciendo referencia a quiénes y cuándo irán saliendo nuevamente a la calle y retomando sus actividades. Pero sin dudas, lo que se viene es una ‘nueva normalidad’, de características inciertas, para la cual debemos prepararnos a partir de hoy, durante la emergencia.
Una nueva normalidad
¿Cómo es esa nueva normalidad? ¿Cómo se manifiesta? ¿Cómo sabremos que estamos frente a nueva normalidad? Por el momento, nadie tiene respuesta precisa para estas preguntas. Sin embargo, existen ciertas lecciones aprendidas en lo que va de esta emergencia que pueden servir como guía para nuestra preparación frente a esta nueva normalidad. Ellas surgen de diversas fuentes, como comentarios de expertos y periodistas en los medios audiovisuales, traspaso boca a boca o circulación en las redes sociales, y tienen bastante validez propia. A continuación se mencionan algunas:
i) La educación es clave, y más aún la educación para afrontar situaciones de riesgo. Debemos educar para respetar la ley y a las autoridades, para distinguir noticias falsas o cuestionar información imprecisa; ii) La salud está subvalorada y se la considera garantizada e ilimitada. Contar con profesionales de la salud, insumos, medicamentos y hospitales es más importante que otras cosas superfluas que a veces reclamamos como sociedad; iii) La relación oferta / demanda y la cadena de valor de los productos de primera necesidad es frágil. No se puede apelar solamente a la solidaridad individual, porque sin control, los precios suben y, también sucede, que el primero que llega a un comercio se lleva todo sin importar los que vienen detrás; iv) La población vulnerable puede estar en cualquier parte de la ciudad, no solo en los cordones periféricos o asentamientos informales. Los adultos mayores son grupos de riesgo, que suelen estar solos en sus hogares y carecen de herramientas digitales y otros recursos para sobrevivir en aislamiento; v) El servicio de internet y telefonía celular resulta ser uno de los más importantes en tiempo de aislamiento prolongado. Este servicio es uno de los pocos que no está, de alguna manera, en manos del Estado y, a su vez, crece más rápido que la capacidad de regulación del Estado. Todos seguimos la consigna #QuedateEnCasa, pero la infraestructura digital no nos acompaña; vi) Se puede trabajar de manera remota, a horarios diferentes y con la modalidad de trabajo por objetivos. Muchos empleadores, público o privados, se dieron cuenta que pueden mudar, en mayor o menor medida, a modalidades de trabajo menos rígidas y más eficientes; vii) El planeta puede sanar si por un tiempo dejamos de hacer lo que veníamos haciendo. La pandemia llevó a la reducción del consumo energético y las correspondientes emisiones de carbono. También, limitó o anuló la presencia de personas en sitios turísticos, dando lugar a renovaciones naturales y la regeneración de biodiversidad. No era imposible parar, simplemente no queríamos; viii) Y este último es el que más me impactó cuando lo encontré: Debemos ‘apreciar el gran gesto de confianza que significa dar un apretón de manos’. Y esto último encierra dos grandes cosas: por un lado, la cuestión netamente sanitaria, y por otro lado, la recuperación de esa fisicalidad tan propia de nuestra cultura argentina. Estas son solo algunas lecciones que hemos aprendido y deberían guiar la próxima etapa de nuestras vidas en las ciudades, si pretendemos que se sigan consolidando como el lugar elegido por las personas para vivir y desarrollarse de manera sostenible, segura y sana.
Las ciudades más afectadas van encontrando esa nueva normalidad a medida que pasa la emergencia. Sin embargo, es posible y conveniente anticiparse, un enfoque promovido por la red de ciudades resilientes Global Resilient Cities Network. El ejemplo más cercano, y pionero, es el de la ciudad de Milán. La capital de Lombardía, la región más afectada de Italia por el coronavirus COVID19, está trabajando en tres frentes: la gestión de la emergencia, el apoyo a quienes no están enfermos, pero están en aislamiento, y el denominado Plan Zero para cuando la emergencia termine.
El Plan Zero tiene tres ejes: caminos verdes, infraestructura digital y transición energética que incorporan lecciones aprendidas de la pandemia. Previo al brote de este coronavirus, Milán estaba trabajando en un ambicioso plan de arbolado urbano, cuyo objetivo es plantar 3 millones de especies al 2030. Ahora, este plan incorporará lineamientos específicos en cuanto a la movilidad peatonal y el distanciamiento entre las personas. Por otro lado, dado que esta pandemia mostró cuán importante es Internet para nuestras vidas, Milán plantea la posibilidad de que el Estado posea y administre una fracción mayor de la infraestructura digital que permite las comunicaciones y la transmisión de datos. Finalmente, también se propone acusar recibo de la recuperación ambiental que se dio como consecuencia de la paralización de actividades, y poner en marcha un cambio profundo hacia medios de movilidad y de producción más amigables con el ambiente, y el desarrollo e implementación de energías renovables y medidas de eficiencia energética.
Cada ciudad debe desarrollar su propio plan para la nueva normalidad. No hay plantillas ni formularios para ello, pero sí se pueden tener en cuenta algunos lineamientos. El plan debe iniciarse ya, debe tener carácter estratégico y debe estar a cargo de un equipo diferente al que está gestionando la emergencia. Hay que iniciar ya porque las personas y sectores económicos afectados por las medidas de aislamiento están sufriendo ahora y se debe comenzar a tomar decisiones al respecto. En segundo lugar, el carácter de estratégico implica la participación ciudadana, de las fuerzas vivas, de la provincia y la nación para reformular los programas de gobierno existentes incluyendo todo lo aprendido en la pandemia. Finalmente, el trabajo en la formulación de este plan no debe debilitar la actual y exigente atención de la emergencia. Por ello, debe definirse un equipo nuevo, cuyos integrantes no estén bajo el estrés de la respuesta cotidiana, que pueda delinear un plan de recuperación y fortalecimiento pos pandemia lo antes posible.
La pandemia nos ha paralizado y es normal sentirse desorientado e incómodo. Pero eso debe ser temporal. Debemos dejar de pensar en que todo vuelva a la normalidad y abrazar la idea de que viviremos una nueva normalidad. Como individuos y como sociedad estamos frente a la oportunidad de crear algo nuevo, algo distinto. Esta tragedia global nos trae lecciones únicas que pocas veces, como humanidad, tendremos la posibilidad de vivenciar. Tenemos la posibilidad de aprender, reponernos y crecer más fuertes, como el mejor ejemplo de resiliencia. Un periodista decía días atrás que somos una generación marcada, que seremos recordados como la generación que vivió y sufrió la pandemia del coronavirus. Creo que tenemos la oportunidad de ser recordados por algo más también. Como por ejemplo, la generación que cambió los hábitos de consumo, que se amigó con el medio ambiente, que repensó las formas de trabajo y erradicó los traslados masivos de personas y vehículos hacia los centros urbanos, que dejó atrás las energías fósiles y mudó a medios de movilidad sostenibles. Una generación que aprendió y se hizo resiliente.
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Cada ciudad debe desarrollar su propio plan para la nueva normalidad. No hay plantillas ni formularios para ello, pero sí se pueden tener en cuenta algunos lineamientos. El plan debe iniciarse ya, debe tener carácter estratégico y debe estar a cargo de un equipo diferente al que está gestionando la emergencia.
Seremos recordados como la generación que vivió y sufrió la pandemia del coronavirus. Tenemos la oportunidad de ser recordados como la generación que cambió los hábitos de consumo, que se amigó con el medio ambiente, que repensó las formas de trabajo y erradicó los traslados masivos hacia los centros urbanos.
(*) Ingeniero Civil (UTN-FRSF), MS en Ingeniería Civil y Ambiental (Tufts University), especializado en resiliencia urbana (Global Resilient Cities Network)