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Biografías accidentadas

Mudanza a la casa de Domingo Sahda

Mudanza a la casa de Domingo SahdaMudanza a la casa de Domingo Sahda

Viernes 4.11.2022
 4:00
Martín Duarte
Martín Duarte

Por tres o cuatro meses, estamos mudando nuestras pertenencias a la que fuera la casa del artista plástico Mingo "Coco" Sahda, fallecido en 2021. Nuestro hogar está en reparación, con los pisos dados vuelta y "tomada" por los albañiles. Hasta que "pase el temblor", Marlene Sahda, vecina súper solidaria, nos ha prestado la vivienda de su padre que está ubicada en barrio Mayoraz, a pasitos del colegio Verna.

El tema es que la propiedad no está "deshabitada": las obras de Sahda, su espíritu inquieto, su búsqueda estética, su vehemencia personal y su huella creadora deambulan por todos los ambientes. Marlene nos muestra cada espacio de su casa paterna con una emoción que le hace temblar la voz aunque quiera disimular con una sonrisa. Es una casa que respira arte. La trayectoria del artista habita el lugar: pinturas de su primer período creativo guían el recorrido en las escaleras; tres bustos grotescos con mueca bufonesca nos miran como intrusos en la planta alta; dos obesas prostitutas yacentes ofrecen servicios en el dormitorio norte; en una biblioteca, dos cuerpos de yeso recrean una posición del Kamasutra sin ponerse colorados por nuestra presencia; en el jardín brotan ogros, gatos gordos, criaturas inciertas atravesadas por hierros y bocetos desamparados que piden a gritos que Dios les sople su aliento de vida para echarse a andar.

Reina la foto mural de la esposa de Mingo Sahda: tomada en el '63; en blanco y negro; es un rostro de perfil de 3 metros cuadrados de una bellísima jovencita de cabellos negros que mira al cielo en actitud distraída; parece un altar que quiere conservar la memoria de un gran amor que ya no pisa este mundo. Marlene observa la imagen de su madre y dice: "Enfermó gravemente cuando yo tenía 2 años. No tengo memoria de mi mamá 'sana'. Su enfermedad y su muerte marcaron un antes y después en la obra de mi papá. Algunos dicen que ese quiebre dio vida a todas estas estatuas deformes, gordas y monstruosas. Mi viejo no hacía un arte para colocar en el living. Creo que este estilo fue una manera de soltar todo el dolor que él experimentaba por mi mamá". No puedo evitar pensar en el argumento de la película "Monster House" y me tiembla la mano.

La de Sahda, dice el autor -aquí entre dos de sus trabajos-, "es una casa que respira arte" y donde la trayectoria del artista "habita el lugar".

Se me ocurre levantar la voz y decir a la nada misma: "Coco, permiso, vamos a usar tu casa por un tiempito. Gracias por recibirnos". Marlene se asombra por mi conducta y después se ríe: "Hasta hace poco acá funcionaba un emprendimiento gastronómico de mi cuñada. Hacían viandas. Las chicas que trabajaban en la cocina decían que mi papá andaba por acá. Un día se les prendió sola la radio y se pegaron un julepe terrible. En realidad, yo había andado por acá limpiando; había usado la radio; se ve que quedó enchufada, se había perdido la señal de la emisora y justo volvió el sonido cuando estas pibas estaban trabajando. ¡Qué cagazo! ¡Las entiendo!"

En un ropero, todas las pilchas de Coco Sahda aguardan el regreso de su dueño: están listas para ir al supermercado; para concurrir a una fiesta; para inaugurar una muestra en el Rosa Galisteo; para ir a nadar a la pileta del gimnasio "Génesis"; para dar clases en la Mantovani; o para pasear por Aristóbulo. Estas pilchas suplican aire y sol antes de que las polillas las canibalicen con su angurrienta mordida. En una caja de plástico transparente, también esperan a su dueño las tarjetas de presentación del: "Prof. Domingo Sahda. Subsecretario de Cultura del Ministerio de Educación-Provincia de Santa Fe. San Martín 1642. Tel: (042) 39147- 3000- Santa Fe".

Llegamos al atelier del artista que se fusiona con un lavadero. Como el tigre del convento de San Francisco, Sahda ha dejado su arañazo artístico plasmado en una puerta que conduce a un lugar incierto. Como si fuera un borrador, ha escrito con fibrón sobre la madera de la abertura. Entre las fechas de los cumpleaños de sus familiares, se destacan estos versos: "Cuando pude abrir los ojos, el sol se había ido"; "El corazón del sueño, el sendero del tiempo, la llanura del tiempo, donde se fueron los que no se quisieron ir". Las paredes susurran.

Con atención, observo la casa. Sin disimulo, la casa me ausculta a mí. En la pared este del atelier, cuelga una reproducción de una columna de Sahda publicada por El Litoral: "La mirada, como acción voluntaria del hombre, es selectiva al privilegiar determinados aspectos del entorno que se destacan o resultan de especial interés para los propósitos de quien mira. El barrido ocular permanente sólo se detiene y enfoca aquello que nutre la construcción del percepto mental, esto es, aquello que moviliza su atención y se incorpora a la información sobre las cosas". Mi mirada está puesta en el artista, su obra y su casa como un conjunto: ¿Qué rastro dejamos cuando nos vamos de este mundo? ¡Cuántos planes, sueños y luchas quedan truncos en el camino! ¿Qué pasa con nuestro legado? ¡Lo que para unos es oro en polvo, para otros es pura chuchería que se devorarán los bichos, la humedad y el óxido! Todos somos singulares pero un artista es el más singular de todo un pueblo: es alguien que vio algo que otros no vieron y se propuso hacerlo visible para los demás. Por eso, muchas veces dicen que los artistas están locos: ¡Locos hasta que plasman su obra! ¡Locos hasta que sus lectores, sus espectadores o su público son testigos de su creación! Insisto: la creatividad es ver algo que no existe de antemano, encontrar el camino para sacarlo a la luz y ponerlo ante el rostro de los que caminan miopes por estos efímeros parajes. Sahda vio la belleza en los cuerpos voluminosos; en la carne sudada y maloliente; en las muecas de bares, esquinas, prostíbulos, circos y manicomios; lejos de las siluetas de las tapas de revistas; muy lejos de los cánones de belleza grecolatina. Vio el costado hermoso de la fealdad. Reconoció el atractivo que habita los arrabales de las ciudades y nuestros mal iluminados callejones espirituales.

Me quedo solo en el atelier de Mingo Sahda. Me duele tener que mudarme a este sitio porque mi casa es nueva pero está mal hecha: se hunden sus pisos. Tengo que poner varios millones de pesos para reparar una estructura que tiene pocos años en pie: ¿De dónde voy a sacar tanta guita? ¡Guita que podría haber usado para irme de vacaciones o cambiar el auto! Se me hace pesado el estrés de la mudanza: nos movemos por tres o cuatro meses y después hay que volver. ¡Ojalá Marie Kondo estuviera acá con sus soluciones prácticas! ¡Ojalá que esta vez las cosas salgan bien!

Me enojo conmigo. Me reprocho haber sido un tonto al que engañaron un grupo de constructores. Me tortura la culpa: ¿Cómo pude ser tan gil? Me da consuelo tener amigos como Marlene Sahda y su familia que, en medio de la tormenta, nos dan una mano hipergenerosa. Mientras busco los platos que están en una caja parecida a todas las que componen este cardumen de cartón, Coco Sahda me habla a través de la casa. Abro un roperito viejo y encuentro pegada una copia de "Desiderata": "Sé cauto en tus negocios, pues el mundo está lleno de engaños. Mas no dejes que esto te vuelva ciego para la virtud que existe, hay muchas personas que se esfuerzan por alcanzar nobles ideales, la vida está llena de heroísmo. Aún con todas sus farsas, penalidades y sueños fallidos el mundo es todavía hermoso. Sé cauto. Esfuérzate por ser feliz". Me quedo quieto, asombrado y reflexivo. De pronto, el viento abre de par en par la puerta que da a la calle. Sonrío: ¡Gracias por tu hospitalidad, Coco!

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