Por Federico Aldao (*)
Por Federico Aldao (*)
Parafraseando a Abraham Lincoln, parece que todos estamos a favor de la democracia, solo que no siempre pensamos lo mismo cuando la palabra sale de nuestros labios. El término "democracia" solía prometer libertad, igualdad y participación. Sin embargo, hoy nos enfrentamos a un panorama que cuestiona su efectividad. Muchas personas sienten que las instituciones no responden a sus necesidades, la participación en elecciones disminuye y el desencanto con los líderes crece. Más allá de los titulares alarmistas, es necesario preguntarnos lo siguiente: ¿Estamos viviendo el principio de su fin o su inevitable transformación? ¿Qué tipo de democracia queremos construir?
La democracia no siempre fue la norma. Para los griegos, era un experimento radical, para filósofos como Thomas Hobbes, un riesgo que podía generar inestabilidad y caos. En cambio, Jean Jacob Rousseau la entendió como un "contrato social", una herramienta para alinear la voluntad individual con la voluntad general, con el bien común. Pero… ¿Qué sucede cuando ese contrato parece roto? Como parte del fenómeno de la despolitización, las redes sociales, la desinformación y la polarización han erosionado las bases de ese pacto implícito entre ciudadanos e instituciones. La desinformación siembra dudas sobre la verdad, mientras que la polarización divide a las sociedades, creando barreras que dificultan el consenso. Estas dinámicas no solo debilitan la confianza en las instituciones democráticas, sino que también reconfiguran la manera en que los ciudadanos participan, desplazando la deliberación colectiva por enfrentamientos e incredulidad.
Por ello, cada vez son más quienes desconfían de la democracia. Las elecciones no motivan, la corrupción cansa y las promesas incumplidas minan la credibilidad del sistema. Sin embargo, en lugar de aceptar esta crisis como una sentencia de muerte, podríamos verla como una oportunidad para cuestionarnos, reflexionar y adaptarnos. Es el momento de preguntarnos: ¿Qué necesita cambiar para que la democracia funcione mejor en un mundo tan distinto al de sus orígenes?
La crisis actual de la democracia no radica en su esencia, sino en su práctica. El problema no es la democracia en sí, sino cómo se está llevando a cabo. No significa que haya fracasado como sistema, sino que está mostrando sus límites. Muchos ciudadanos sienten que las elecciones son un trámite sin impacto real y que los líderes, como élite privilegiada, no representan sus intereses. Esta desconexión entre las personas y las instituciones genera escepticismo.
Entonces, volviendo a lo que entendemos por democracia,... ¿estamos en presencia de un gobierno del pueblo, o de un gobierno de élite política? Sin embargo, este descontento o desencanto, aunque preocupante puede interpretarse como una señal positiva, una señal de madurez. Ya no aceptamos promesas vacías ni sistemas rígidos; queremos más transparencia, participación y mecanismos de control ciudadano, que mejoren nuestra vida. La exigencia de cambio demuestra que la ciudadanía no está resignada.
Claro que también hay riesgos. El auge de líderes "neo-populistas" reduce la política, y muestra cómo el descontento puede ser utilizado para simplificar problemas complejos y concentrar poder. Esto no significa que la democracia sea obsoleta o irrelevante, sino que debe reinventarse para sobrevivir y responder a las necesidades actuales. Tal vez el futuro esté en un sistema más participativo, donde los ciudadanos no solo votemos, sino que también nos involucremos activamente en la toma de decisiones.
Hay quienes sostienen que intentar renovar la democracia podría debilitarla aún más. Argumentan que el exceso de participación podría hacer más lentas las decisiones y abrir la puerta a conflictos interminables. También se dice que no todos los ciudadanos tienen el conocimiento necesario para debatir y tomar decisiones informadas sobre temas complejos. Otros creen que la democracia participativa es una utopía, porque sostienen que la mayoría de las personas carece del tiempo y del interés para involucrarse. Aunque estas preocupaciones son válidas, subestiman nuestra capacidad de aprender y adaptarnos. Con la tecnología adecuada, podríamos crear procesos más descentralizados, distribuidos, inclusivos y efectivos. El verdadero obstáculo no son las herramientas, sino la falta de voluntad para utilizarlas.
En nuestra provincia de Santa Fe, la democracia está a punto de vivir una transformación significativa con la reforma de su Constitución provincial, hecho que no ocurre desde 1962. Este proceso es más que un evento político o una actualización de leyes: es una manifestación del poder instituyente de la sociedad santafesina, una oportunidad única para redefinir las bases institucionales y el imaginario social que las sustenta, para poder garantizar que estén adaptadas a las necesidades, valores y desafíos del siglo XXI.
No solo tiene implicancias legales y políticas, sino también simbólicas. En un momento en que muchos ciudadanos sienten que las instituciones están alejadas de sus realidades cotidianas, la reforma constitucional puede ser una oportunidad para recuperar la confianza en la democracia. Pero esto dependerá de que los debates no queden encerrados en los recintos legislativos o entre las élites políticas.
La Reforma de la Constitución de Santa Fe puede ser un paso transformador, pero solo si se mantiene viva la participación ciudadana y la capacidad de cuestionar y mejorar lo que se instituya. La participación activa de los ciudadanos durante la redacción de la reforma será lo que garantice que lo instituyente no quede ahogado. ¿Por qué no pensar en foros públicos, debates abiertos y consultas populares como herramientas para mantener viva la creatividad e imaginación democrática? La Reforma de la Constitución debe ser un momento de reflexión colectiva, un momento instituyente, un acto de creación política. Porque, al final, una Constitución no es solo un documento legal, sino el reflejo de los valores, las aspiraciones y las prioridades de una sociedad.
La democracia no está en crisis porque haya perdido su valor, sino porque necesita adaptarse a nuevas realidades y demandas del siglo XXI. Más que abandonar el sistema o pensar otro completamente distinto, debemos reinventarlo. Esto implica exigir no solo mejores líderes, sino también mejores mecanismos de participación, donde la democracia más que un sistema rígido deba ser vista como un proceso vivo que evoluciona con sus ciudadanos. Por ello, nuestra responsabilidad no termina en las urnas. Si bien llegamos a una obra ya empezada, es hora de preguntarnos: ¿Queremos ser simples espectadores o protagonistas del cambio? Al fin y al cabo, la democracia es tan fuerte como el compromiso de quienes la sostienen, es el reflejo de quienes la construyen.
(*) Federico Aldao es estudiante avanzado del profesorado y la licenciatura en Filosofía de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Católica de Santa Fe. Es, además, miembro y becario de investigación del Instituto de Filosofía en la misma facultad.
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