Por Bárbara Korol


Por Bárbara Korol
La luz del amanecer asoma en el horizonte y la noche se va esfumando. Sin embargo yo sigo sumergida en una oquedad acuosa de sombras y ensueños. Tengo los ojos vacíos y la piel envuelta en escamosas algas traslúcidas que se adhieren a las sábanas. Entre los pliegues de la tela, espirales memoriosos me deslizan vertiginosamente hacia los orígenes de mis tempestades. Busco entre ruinas remotas los miedos, las iras, y las rebeliones… ese cúmulo viscoso de asimetrías que anuda mi paz. Voy intentando desatar sus hebras burbujeantes que se prenden a mis cabellos como medusas fosforescentes. Con embrujo de mujer pez arrullo mi alma para calmar herméticos pesares. Quiero desperezarme las dudas y el desaliento y que emerjan los soles fecundos de mis amores para que florezcan dulces esperanzas en las liquidas grietas de mis nostalgias.
Aún adormecida, una tenue claridad golpea mis pupilas. El día me llama con cantos de pájaros y ladridos melancólicos. Respiro profundo y amago mi primer sonrisa. Una espléndida mañana me recuerda que es tiempo de siembra y de cambios. Ilusiones de uvas y fértiles almácigos laten adentro mío. En la huerta, descarto la maleza junto a los cariños estériles y las palabras indolentes. Mis manos abren la tierra y se llenan de semillas y caricias, y pálidos pétalos de brócolis llueven sobre mi cuerpo como presagios de ricas vendimias. Ansias de retóricas, frutos y vinos invaden mi boca y un extraño entusiasmo tiembla en mi pecho anticipando cada sabor. Entonces, bajo una nube de retamas ambarinas, me desnudo de sentires ingratos y me entrego amante a mi silvestre destino de cantora de prosas humildes.