Durante el carnaval, para muchos una metáfora brutal de la realidad argentina, la máscara funciona como pasaporte para ser otro, el disfraz como escape de la identidad y la música como droga tribal. Foto: REUTERS
¡Ay el carnaval!Cuánta historia… cuánto de humano tiene esta celebración. La palabra carnaval tiene su etimología en el latín "Carnem levare", o sea: "Quitar la carne". Se trata de una celebración milenaria en la que casi todo está permitido, fiesta pagana para los antiguos cristianos, quienes en la Edad Media manipularon la significación de los festejos y acomodaron las fechas para que esa fiesta popular de celebración y descontrol, sea la antesala de la abstinencia y la purificación de la Cuaresma.
En ese puñado de días al año, el jefe es empleado y el empleado es jefe; el rey es un mendigo, el mendigo un rey; y la decencia y el decoro se toman unas merecidas vacaciones, o al menos se las mira de reojo. La historia nos dice que todo esto comenzó con Baco y Dionisio, dioses que entendieron antes que nadie una verdad universal: la vida es mucho más llevadera cuando se riega con vino y se adorna con una buena dosis de caos.
Es la fiesta de Baco, el dios del vino, el que nos enseñó que la sobriedad es un mito y que la alegría se encuentra en el fondo de una copa (o de varias). Su primo griego, Dionisio, hacía lo propio: invitaba a mortales y dioses a olvidar sus miserias en un frenesí de uvas fermentadas, danzas descontroladas y decisiones (para el catolicismo posterior) moralmente cuestionables.
Y cómo no, Roma fue maestra en eso de pasarlo bien, pero con estilo. Pues fueron los romanos quienes se llevaron la medalla, o el podio completo, en eso del arte como desmadre organizado. Si nos organizamos, nos divertimos todos… Las Saturnales, en honor a Saturno, fueron la excusa perfecta para que los esclavos jugaran a ser amos, los amos se hicieran los despistados y la ley mirara para otro lado. No importaba quién eras o que rol ocupabas el resto del año; durante esas fiestas, todos se daban el lujo de olvidar sus roles y entregarse al desenfreno y a la alegría desmesurada. Sin embargo, los bacanales fueron algo así como la versión extrema, como el "after office".
Estos festejos regados de vino, de cánticos extasiados y un olvido colectivo de la moral y las buenas costumbres. Terminaron siendo tan desenfrenados que al final terminó prohibiéndose, es que cuando la diversión amenaza el orden, siempre aparece alguien con toga y cara de pocos amigos para arruinar la fiesta. Hijo prodigo de estas celebraciones fue el conocido carnaval. Porque la historia siempre nos termina enseñando algo, si bien nada se repite como fue, todo, termina volviendo. Es así que el caos siempre encuentra la forma de volver. Con la cristianización de Europa, las saturnales y bacanales desaparecieron (al menos en el papel), pero el pueblo no estaba dispuesto a resignar su derecho al descontrol.
Es así es que nació el carnaval, la excusa perfecta para romper las reglas antes de que la Cuaresma obligara a todos a portarse bien. ¿Es usted un respetable industrial? Hoy puede ser un pirata sin escrúpulos. ¿Siempre quiso bailar casi desnudo sin consecuencias? Póngase una máscara, vestimenta brillante y dele rienda suelta a la alegría del cuerpo. ¿La rutina los agobia? No se preocupe, esta semana vale todo: excesos, engaños y un desfile de identidades prestadas o asumidas que harían dudar a cualquier psicólogo. Porque si algo nos enseñaron los dioses grecorromanos del desenfreno es que, al menos por un rato, la vida es más divertida cuando se juega a ser lo que no se es.
Y cuando se acaba la fiesta, cuando la última gota de vino se ha secado y el último disfraz vuelve al ropero, el orden regresa, el mendigo vuelve a su esquina y el rey a su trono. Pero, ah, qué bellos son los días en los que el mundo olvida quién es. Porque el carnaval es la gran pausa de la cordura, una grieta temporal donde la solemnidad cede el paso a la fiesta, el desborde y la inversión de roles. Pero en la Argentina de hoy, el carnaval es más que una festividad: es una metáfora brutal de nuestra realidad. Antes que el catolicismo domesticara la fiesta y la convirtiera en el antebaño de la Cuaresma, el carnaval era un festín de cuerpos y sentidos, dedicados a la bebida y al desenfreno.
En las bacanales, todo era permitido: la máscara como pasaporte para ser otro, el disfraz como escape de la identidad, la música como droga tribal. Y en la Argentina, si bien el carnaval llegó con la colonización, encontró su propio ritmo en los candombes de los esclavos, en las comparsas del litoral y en las murgas porteñas (de ambos lados del charco, tomando más sustancia en Uruguay), esas asambleas de barrio con bombos y sarcasmo, con ironía, humor y denuncia. Durante décadas, en el siglo pasado, el carnaval fue la válvula de escape de los sectores populares, siendo el espacio en donde la calle se tomaba revancha de las injusticias y la risa se volvía un arma de resistencia. Pero en algún momento, la fiesta se convirtió en espectáculo y la denuncia en estribillo inofensivo.
Si el carnaval es la celebración de lo que no se es, nuestra querida y odiada Argentina ha logrado extenderlo a los 365 días del año. Somos un país que se ha perfeccionado en el arte de la máscara: políticos que se disfrazan de demócratas mientras gobiernan con decretos, economistas que visten el traje de expertos mientras juegan a la ruleta con el dólar, periodistas que simulan objetividad mientras militan con la entonación y con irrestrictas caras obsecuentes.
Vivimos en un corso mediático donde las "fake news" son la nueva murga. Se maquillan realidades, se editan verdades, se coreografían escándalos y se desnudan carpetazos sin ton ni son. Y en ese ruidoso desfile de simulaciones, el espectador se entrega servicial al espectáculo sin siquiera preguntar quién es el director detrás del telón, el gran titiritero que mueve los invisibles hilos del destino de millones de personas.
Los corsos de los barrios, con sus bombos gastados, su repiqueteo incansable, sus trajes reciclados y el sudor como estandarte, son más sinceros que cualquier discurso. Porque allí, en la comparsa, en la murga o en el baile, la mentira es consciente y la risa es auténtica energía vital. Muy en el fondo, desde la historia misma, el carnaval siempre tuvo una misión: recordarnos que la vida es un gran teatro, una obra dramática, y que el intermezzo es la esencia misma del carnaval. La gran diferencia entre el carnaval tradicional y el carnaval argentino contemporáneo es que, en la fiesta original, al final, todos volvían a su lugar de origen a ser lo que eran. Aquí, el disfraz se vuelve piel, y la máscara, la careta, se pega al rostro hasta confundirse con la identidad. Se juega tanto a ser otro, que se termina olvidando lo que es.
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