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La vuelta al mundo

Yasser Arafat

Por Rogelio Alaniz

Yasser ArafatYasser Arafat

Miércoles 3.12.2014
 0:42

Expulsado de Jordania y obligado a huir de El Líbano, la causa de Arafat atravesará por un período de impugnaciones promovidas no sólo por los judíos sino también por algunos de los prominentes caciques árabes que hasta ese momento le habían brindado un apoyo prácticamente incondicional. Es que para algunos de sus paisanos, Arafat encarnaba la traición; un personaje al cual le habían brindado apoyo y recursos y le habían pagado con conspiraciones e intrigas, cuando no con intentar la creación de Estado paralelos.

No, no era un aliado confiable. Los judíos eran detestables, pero la lucha por la expulsión de ellos tenía un precio y con Arafat ese precio empezaba a ser demasiado caro. Por otra parte, la experiencia les demostraba a los más empecinados que Israel era un hueso duro de roer, que los judíos no estaban dispuestos a marchar mansos y dóciles al matadero como en los tiempos de Hitler.

Sin embargo, Arafat se las ingenió para sobreponerse a los rigores de una coyuntura desfavorable. No le fue fácil. Tampoco su estadía en Túnez fue un veraneo bucólico. Israel continuó atacando y, en más de una ocasión, estuvo a punto de ser enviando al otro mundo. Los contratiempos no le impidieron casarse con una mujer treinta años menor que él. La ceremonia se celebró en secreto y los únicos testigos fueron sus guardaespaldas armados hasta los dientes.

A los problemas externos se le sumaron los problemas internos. Diferentes facciones palestinas empezaron a dar señales de hartazgo con el liderazgo de un personaje que los principales méritos que podía exhibir era su astucia, su capacidad para recaudar dinero y sus relaciones con las democracias europeas siempre dispuestas a enternecerse con los relatos tercermundistas.

Ya para entonces la corrupción de Arafat y su entorno fastidiaban, en primer lugar a las otras organizaciones armadas palestinas. No hay corrupción que no vaya unida a ciertas tendencias a lograr acuerdos, tendencias que para más de un distraído se confunden con un talante dialoguista o democrático. Curiosamente, los vicios de Arafat, sobre todo su obsesiva afición a acumular riquezas, le fue otorgando un aura de político realista cada vez menos violento y cada vez más interesado por la paz.

Mientras tanto, la Intifada de 1987 le vino como anillo al dedo. Él no fue su promotor, pero aprovechó políticamente lo que el destino le sirvió en bandeja. Para esa época, inició su nueva táctica, consistente en hablar de la paz en inglés para sensibilizar a las almas tiernas, mientras en árabe continuaba alentando el terrorismo en cualquiera de sus variantes.

El recurso de poner a los niños en la línea de combate para luego victimizarse comienza en esta etapa; pertenece a este período la estrategia de los atentados suicidas.

Según se mire, los resultados fueron óptimos. La causa palestina ganó legitimidad en el mundo; Israel empezaba a ser presentado como un Estado verdugo, mientras se constituía la Autoridad Nacional Palestina y Arafat era elegido como su máximo dirigente.

Astucia no le faltaba. El terrorista por antonomasia, el aliado histórico de la ETA, Brigadas Rojas y cuanta banda terrorista estuviera dispuesta a participar en el negocio de la compra y venta de armas, lograba ser identificado por las almas puras como el abanderado de la paz. Para esa época y atendiendo a datos de la realidad, como por ejemplo el derrumbe de la URSS y el socialismo real, Arafat decidió fortalecer su perfil de insobornable luchador de la paz y reconocer la existencia del Estado de Israel a cambio del reconocimiento del flamante Estado palestino. Excelente movida diplomática que nunca estuvo dispuesto a cumplir.

A mediados de la década del noventa, Arafat parece haber realizado sus metas principales. La causa palestina existe. Será una realidad histórica o una invención política, pero en cualquiera de los casos lo cierto es que de la nada fue capaz de “inventar” una causa reconocida por la mayoría de los países del mundo y aceptada incluso a regañadientes por los propios judíos. Astucia, inescrupulosidad, instinto criminal o lo que sea, pero lo seguro es que por el mejor y el peor de los caminos, Arafat fue capaz de construir una realidad que tal vez no sea un Estado en el sentido pleno de la palabra, pero se parece mucho.

A lo largo de una existencia signada por la violencia, los ajustes de cuentas y las batallas políticas y militares, Arafat supo identificar su nombre y su estampa con la causa palestina. Nadie antes, y pareciera que nadie después, logró unirlos y representarlos. Sus enemigos internos nunca dejaron de odiarlo y especular con su muerte, pero todos debieron reconocerle que supo darle identidad y encarnadura histórica a una causa perdida o inexistente.

Su talento para conducir y maniobrar no se hizo extensivo a sus esfuerzos reales para trabajar efectivamente por la paz. Logró “inventar” la causa palestina, pero no supo o no quiso ser el constructor de la paz. En ese sentido, el otorgamiento del Premio Nobel de la Paz no fue más que una ironía o una burla. Arafat nunca creyó en la paz y cada vez que pudo apostó a la guerra, sabiendo de antemano los límites de esa estrategia.

Cuando un periodista le interrogó sobre el tema, no vaciló en decir que “no buscamos la paz sino la victoria”. Mientras los palestinos morían como moscas, no tuvo empacho en decir que “no se trata de saber cuántos podemos resistir nosotros, sino cuánto podrá resistir Israel”. De esas convicciones Arafat nunca renegó. Las relaciones de fuerza, el poderío militar de Israel, la vigilancia atenta de las naciones europeas, lo obligaron a negociar en inglés, pero desde su condición de árabe Arafat jamás dudó en que su objetivo era expulsar a los judíos al mar. No pudo hacerlo; sus sucesores tampoco lo podrán hacer, pero por lo pronto se conformó en probar que la paz es siempre una excelente bandera a condición de que nunca se cumpla.

El destino, siempre empecinado en sorprender a los hombres, le brindó una última oportunidad en 2001. En esa reunión que contó con la presencia de Bill Clinton y el primer ministro israelí, Ehud Barak, Israel reconoció el noventa y cinco por ciento de las aspiraciones palestinas. ¿Y el cinco por ciento restante? A negociarlo. Barak llegó a conceder aquello que hasta ese momento nunca habían admitido los judíos: la soberanía palestina en un sector de la ciudad de Jerusalén.

Se dice que Arafat estuvo tentado a firmar pero se arrepintió a último momento. “Si yo firmo esto me declaran traidor al otro día”, dicen que dijo. Barak repitió lo mismo que en su momento dijera Rabin: “Yo también voy a ser acusado de traidor por mi gente, pero la única manera de lograr la paz es que los dos traicionemos a quienes insisten en continuar la guerra”.

No hubo caso. Arafat se las ingenió para no firmar. “Deje de oponerse a todo y proponga algo”, le espetó casi a los gritos un Clinton exasperado. Repito: no hubo caso. La respuesta a la paz más atrevida planteada por los sectores progresistas de Israel, fue la segunda Intifada con sus secuelas de atentados suicidas, muertes y destrucción. Los hechos, los empecinados hechos, se encargaban de probar una vez más que la causa palestina nunca pudo apartarse de su pecado original y manifiesto: la destrucción de Israel.

Tres años después Arafat se despidió de este mundo. Muchos lo lloraron, pero para muchos su muerte fue una liberación. Equivocado o no su ciclo histórico concluyó con el de su vida. Al momento de morir, Arafat no tenía nada importante que decir, salvo la confesión de una formidable fortuna que hoy es causa de litigio entre su esposa y sus segadores políticos.

Casi veinticinco años antes, la periodista Oriana Fallaci lo entrevistó y fiel a su estilo no se privó en dar su opinión sobre el personaje que tenía enfrente: “Resulta difícil tenerle simpatía, sobre todo por el distante silencio que opone a toda aproximación humana. Su cordialidad es superficial, su amabilidad es pura fórmula y una nadería basta para volverlo hostil, frío, arrogante. Sólo se anima cuando se enfurece. Y entonces su vocecilla se convierte en un vozarrón, sus ojos se transforman en balas de odio y parece que quiere despedazar a todos sus enemigos juntos”.

por Rogelio Alaniz ralaniz@ellitoral.com

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