Por María Gabriela Pauli
Por María Gabriela Pauli
Caminando por la costanera de Santo Tomé se observan las siluetas de los edificios -cada vez más numerosos y altos- que dan fisonomía a Santa Fe. El centro comercial de la capital santafesina, donde se concentran estas construcciones, tiene cuadras y cuadras angostas y sin árboles. De las paredes, brota en el verano un calor abrazador que no da respiro a los transeúntes.
No ocurría esto a principios de siglo XX, cuando Santa Fe era una ciudad mucho más pequeña y más baja, en la que ni siquiera había asfalto en las calles, aunque el empedrado se extendía cubriendo las más céntricas. Los veranos de entonces no se parecían demasiado a los que conocemos, pero aun así daban que hablar.
Y los habitantes de la capital provincial, buscaban modos de escapar a las inclemencias del calor, con las posibilidades que tenían a mano.
Los ventiladores eléctricos fueron una alternativa novedosa para las sofocantes jornadas del estío. Pero en Santa Fe, recién fue posible usarlos a partir de noviembre de 1902, cuando la usina informó que comenzaría a proporcionar energía para este consumo, "cada día más indispensable a causa de los efectos terribles de la canícula", según decía el redactor del periódico Nueva Época.
Eso sí, para poner un ventilador en funcionamiento, se requería de un permiso que otorgaba la intendencia. Y en caso de incumplimiento de la ordenanza que reglamentaba el uso de tan valioso artefacto, se preveía una multa de treinta pesos moneda nacional.
Evidentemente, la estructura de la red eléctrica -cuyo principal destino eran las industrias de la ciudad- no estaba en condiciones de garantizar la energía para todos los santafesinos ante una demanda creciente por el calor.
Convengamos también en que no todos podían comprar un ventilador, con lo cual, la población beneficiada con esta alternativa quedaba reducida a algunas familias de buen pasar.
Había otro modo de atenuar los rigores del verano, u otra forma de mitigar los efectos del calor, también para aquellos que contaban con los recursos y la posibilidad de hacerlo. Se trataba de escapar de Santa Fe. Y no era necesario irse muy lejos.
El vecino paraje de Santo Tomé era un lugar de veraneo que reunía las condiciones ideales para que las buenas familias santafesinas -como la prensa de la época las definía-, pasaran los meses más calurosos del año en casaquintas propias o alquiladas para la ocasión.
La cercanía con la capital permitía ir y venir regularmente y además, trasladar la vida social a la otra orilla del río Salado. Además, los diarios tenían sus corresponsales en Santo Tomé, que cubrían lo que ocurría allí. Seguramente el corresponsal era algún colaborador que pasaba sus días en la zona y enviaba noticias a la redacción del periódico.
Tanto Unión Provincial como Nueva Época, relatan las actividades que se organizaban, que iban desde fiestas diurnas, como una que describe el primero de los periódicos en su ejemplar del sábado 16 de enero de 1904 y que ofrecía la familia Comas a sus relaciones. Los Comas tenían una propiedad en Santo Tomé, informa el diario y allí organizaban el evento que consistiría en:
"Un excelente almuerzo terminado el cual se realizará una excursión a varios pintorescos parajes de la localidad. Por la tarde una numerosa cabalgata excursionará también hasta el establecimiento del señor Clusellas, distante una media legua del domicilio del señor Comas".
Había también eventos nocturnos, como la tertulia en casa de casa de los esposos Vindel que registra Nueva Época, en enero de 1905, también informada por el corresponsal en Santo Tomé. La tertulia en cuestión, devino en un baile, en el cual:
"Una lucida orquesta de mandolines, flautas y guitarras formada por conocidos jóvenes de esa ciudad, dio realce al baile proporcionando á la concurrencia momentos agradables con sus bien ejecutadas piezas. En un intermedio de descanso pudimos aplaudir la armoniosa voz de la gentil señorita Joaquina Cullen que cantó unas vidalitas con toda la gracia que sabe hacerlo".
El diario, además de relatarnos las destrezas musicales de los jóvenes y las señoritas, incluía una mención a las muchachas que asistieron al evento. En la lista se aprecian apellidos ilustres, y otros que pertenecían a recién llegados. Todos integraban un mismo grupo, al que se accedía tanto por linaje, como por vinculaciones a través de los negocios, o bien compartiendo ámbitos de sociabilidad como el de la cultura o la política.
Si seguimos leyendo crónicas periodísticas, veremos como la localidad lindante a Santa Fe se ponía a punto para mostrar su mejor fachada a los visitantes. Cuenta Unión Provincial que para la temporada 1903-1904, los alumnos del colegio que dirigía el señor Alderete Méndez, se ocuparon de poner en condiciones la plaza y, según apreciaba el corresponsal, la misma "ha quedado totalmente transformada, presentando hoy un aspecto pintoresco".
Pero las exigencias de la vida social de las familias acomodadas de Santa Fe superaban ampliamente las modestas prestaciones que podían ofrecer los santotomesinos.
Ante esta realidad, no alcanzaba con el traslado de las familias y con la organización de eventos sociales en sus quintas de veraneo, y entonces, se apelaba también a los funcionarios públicos para que pusieran a disposición resortes del Estado en pos de asegurar el entretenimiento.
Nueva Época relata un suceso de esta índole, cuando en su ejemplar del 23 de enero de 1903, explica que resultaba imposible que la Banda de Música de la Policía se trasladara a Santo Tomé "con la frecuencia que lo desean las familias de veraneo en la pintoresca Villa".
Y añade: "De parte del jefe de policía existe la mejor voluntad para complacerlas y en prueba de ello la banda irá á deleitarlas de tiempo en tiempo, más no con la frecuencia a que aspiran las adorables pedigüeñas de música".
El periódico comenta que se trataba de la primera ocasión en que la banda tocaba en la plaza de Santo Tomé y, "para celebrar el acontecimiento debidamente, las familias de nuestra sociedad instaladas allí se han dignado invitar a sus amigas de esta capital, muchas de las cuales tienen prometida la asistencia. De modo, pues, que tendremos hoy convertida en encantado edén con la presencia de no pocas de las bellas santafecinas, la modestísima plaza de la villa de moda".
Estos registros periodísticos muestran, por un lado, la importancia social de estos eventos veraniegos. Por otro lado, evidencian una concepción de lo público que, en alguna medida, se confunde con demandas particulares de un grupo social que disponía de los recursos del Estado para satisfacer sus ansias de esparcimiento.
Por último, dan cuenta de las relaciones sociales de estas damas –las "pedigüeñas de música"– que llegaban a exigir la presencia de la Banda, y ante quienes el jefe de Policía se disculpaba por no poder complacer sus deseos en tiempo y forma.
(*) Contenidos producidos para El Litoral desde la Junta Provincial de Estudios Históricos en el año de su 90º Aniversario (1935-2025)
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