La ciudad de Santa Fe cuenta con un importante patrimonio arquitectónico que refleja la historia, cultura y progreso de la capital provincial en el último siglo y medio. De ello da cuenta la celebración del centenario de uno de estos inmuebles.
Ubicado a metros de bulevar Gálvez, el lugar fue inaugurado el 31 de enero de 1925. En la década del ‘60 se cerró y pasó a manos municipales. Allí funcionó el corralón municipal, hasta que fue revalorizado en las intendencias de Barletta y Jatón.
La ciudad de Santa Fe cuenta con un importante patrimonio arquitectónico que refleja la historia, cultura y progreso de la capital provincial en el último siglo y medio. De ello da cuenta la celebración del centenario de uno de estos inmuebles.
Se trata del mítico Mercado Progreso, ubicado en el corazón de barrio Candioti, a metros del tradicional paseo del bulevar Gálvez que fue inaugurado el 31 de enero de 1925. En concreto, la edificación tiene dos entradas, una por Balcarce al 1600 y otra por Ituzaingó, a la misma altura; entre calles Sarmiento y Alberdi.
Para conocer los inicios hay que retratarse a 1922. Ese año, el Concejo Deliberante aprobó la Ordenanza N° 2087 para conceder los terrenos a Luis Coll, empresario de aquel entonces que encabezó el proyecto para instalar el mercado.
“Es una fracción de terreno comprendida en la manzana situada dentro de las calles Ituzaingó, Sarmiento, Balcarce y Alberdi. Dicho mercado deberá ser un modelo en cuanto a comodidades e higiene; será edificado en el lugar expresado en la petición de fecha 1º de Septiembre del corriente año”, aseguraba el artículo 1.
En el segundo apartado de la norma, se dejaba en claro que el propietario tenía la concesión del lugar por 25 años. En ese período de tiempo, “queda exonerado de toda clase de contribuciones e impuestos municipales que puedan corresponder a la explotación del mercado”, reflejaba el tercer artículo. Finalizado ese cuarto de siglo, la explotación pasaría a manos municipales.
Los datos de la planimetría del edificio quedaron para todos los tiempos guardados en el libro “Inventario. 200 obras del patrimonio arquitectónico de Santa Fe”. Allí, se explica con lujos de detalles que “se estructura el edificio según un eje longitudinal, que en su recorrido aloja ingreso, nave central, y abastecimiento”.
“La volumetría resultante es un prisma rectangular simple de 29,60 m. por 80,60 m. contenido entre medianeras y articulado a través de un eje de simetría, coincidente con los dos ingresos; el principal, ubicado frente a la actual calle Balcarce y el secundario, sobre calle Ituzaingó”, agrega el citado libro.
Entre sus principales características, la publicación de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la UNL describe que el edificio “se fragmenta en una nave central y dos laterales, delimitadas por la presencia de columnas de hierro fundido e inclinaciones de cubiertas que definen un gran vacío flexible y dos núcleos compactos ubicados en los extremos”.
Y agrega: “Las dos fachadas, de igual composición, repiten la estructura simétrica organizando un cuerpo central y dos laterales”. Al mismo tiempo, destaca que “el cuerpo central, que refleja el eje compositivo, contiene al gran portal con reja”.
Las crónicas de aquellos días marcan que la aparición de este mercado “se hacía sentir grandemente”, destacó el diario “Santa Fe” el 1 de febrero del ‘95. En el citado artículo, se contó que para la apertura se congregó numeroso público.
La importancia del acto inaugural fue tal que contó con la presencia del gobernador de entonces, Ricardo Aldao y funcionarios de su gobierno; como así también el intendente José Urbano. Toda esa comitiva fue agasajada por el propietario inversor, Luis Coll.
Un año más tarde, en otra crónica del mismo períodico local se destacó las comodidades del flamante mercado. “La planta alta cuenta con amplios salones y locales para negocios de diversas clases, con buena luz y aire y servicios propios e independientes para cada uno”, describió el artículo.
Y agregó: “La planta baja consta de 48 puestos para carne, 4 para pescados, 14 para fiambrería, 32 para verduras y 7 para negocios varios. Cada puesto tiene su pileta y canillas de agua, lo que permite a los ocupantes mantenerlos completamente limpios”. Cabe aclarar que en el subsuelo estaban instaladas las seis cámaras frigoríficas con las que se dotó al imponente lugar.
Pasaron los años y el mercado se transformó en un frigorífico, con asiento en el sector cercano a calle Ituzaingó. Finalizaron los 25 años de concesión y aparecieron los problemas. Para la década del ‘60, sendos artículos de El Litoral evidenciaron el estado de abandono.
“Los funcionarios pudieron comprobar el total estado de abandono y suciedad en que está el sector del mercado que da sobre calle Ituzaingó, donde funcionara el frigorífico", contó este diario.
Y siguió: "Se encuentran diseminados restos orgánicos, desperdicios, y gran cantidad de basura, con la lógica proliferación de ratas, moscas, etc. Inmediatamente se procedió a clausurar las puertas que dan a ese sector del mercado”, publicó el vespertino.
Para esa época, el municipio se hizo cargo y tomó posesión del inmueble, cumpliendo así la ordenanza mencionada más arriba, fechada en 1922. Entre las posibilidades que se barajaron en aquel entonces, y como suele ocurrir, estaban la opción de refaccionar, limpiar y reabrir como mercado público o volver a entregarlo a manos privadas.
El tiempo determinó que nada de eso ocurriría. El lugar quedó abandonado y casi olvidado, en un lugar central de la capital santafesina. Tal fue el “desapego” por el edificio que fue convertido en corralón de depósito de vehículos en infracción.
A fines de la década de ‘90 y principios de los 2000, el deterioro se hizo cada vez más evidente. A tal punto que vecinos y profesionales elaboraron proyectos de recuperación y puesta en valor.
Después de idas y vueltas, en 2010 durante la intendencia de Mario Barletta, se encaró la refacción: se restituyeron balcones, ornamentos y una estructura de apoyo interna. Se recuperó la fachada norte, sobre calle Balcarce, y la nave central del edificio que alberga en su interior la Casa del Bicentenario.
Una segunda etapa contemplaba restaurar la fachada sur pero ésto no ocurrió y la estructura de cara a calle Ituzaingó sigue esperando. 10 años más tarde, en la gestión de Emilio Jatón se realizaron diversos trabajos de recuperación.
Se puso en condiciones el patio; se instaló un escenario de 9 por 5 metros, concluyendo en una ampliación del 40% del espacio habilitado. También renovaron la instalación eléctrica en ambas galerías y colocaron reflectores led. Además, se mejoraron los sanitarios y la accesibilidad para personas con discapacidad.
Desde su reapertura, el lugar se convirtió en un espacio cultural; con actividades sociales y artísticas. Presentaciones musicales en el patio, muestras fotográficas y de arte en las galerías y habitaciones; entre otros.
Un misterio
A modo de cierre, se puede reflexionar acerca de por qué el lugar estuvo tanto tiempo abandonado, sin uso. Ubicado en un lugar de importancia, en una de las zonas más exclusivas de la capital santafesina, el “Progreso” como tal permaneció más tiempo cerrado que abierto. Un verdadero misterio que habla de aquellas iniciativas que quedaron truncas en la ciudad.
La realidad hoy es otra. Reconvertido en espacio cultural, el centenario edificio cobró vida, abierto a las familias santafesinas que busquen momentos de esparcimiento con producciones locales y regionales.
Dejanos tu comentario
Los comentarios realizados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de las sanciones legales que correspondan. Evitar comentarios ofensivos o que no respondan al tema abordado en la información.